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jueves, 15 de enero de 2009

Puedo escribir los versos más tristes esta noche


Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.”

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos
árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta, la tuve entre mis
brazos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
Y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.




Pablo Neruda

lunes, 5 de mayo de 2008

Cancioneiro cubano

En el tronco de un arbol ,una niña grabó su nombre enchida de pasión, y el arbol conmovido allá en su seno, a la niña una flor dejó caer...

Yo soy el arbol, conmovido y triste, tu eres la niña que mi tronco hirió,yo guardo siempre tu querido nombre y tu...¿que has hecho con mi pobre flor?

qué arte hijo, qué arte ...



lunes, 30 de julio de 2007

Poesía



Danzar, dancei.

Foi unha entrega a ti. E non estabas.
Seducín a túa ausencia.
Apretaba o teu corpo ao sentir quente o vento
no xiro lento e grácil.

E fóronse caíndo a púrpura e o armiño,
a túnica de pérolas,
as sedas esvarantes,
o cendal serpentino,
a malla que finxía a propia carne,
o derradeiro veo...

E tamén fun eu deusa,
a deusa engadelada pola morte...

Pedín a túa vida e rexeitei un reino.

Os teus labios arelan a voz enmudecida,
os teus ollos anubran o espello dos meus ollos,
na túa boca calaron as serpes iracundas...

Agora, beixareite.


Miguel González Garcés